MI VERDAD: luchando con ansiedad y depresión

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Regresaba a casa después de un largo y agotador día de trabajo. Eran las 6:00 pm y por alguna razón tomé un camino diferente al habitual. Mi mente pensaba, pensaba y pensaba. Mientras mi cuerpo percibía cansancio; pero sospechaba que no sólo era un cansancio físico sino mental…

¿Qué era de mí?

Para ponerte en contexto, llevaba dos años con la misma rutina: despertar a las 4:30 am (a veces unos minutos más tarde), ducharme, preparar comida e irme al trabajo. Permanecía nueve horas suspirando de cansancio, moviendo mis piernas inquietamente y en los momentitos libres me aislaba en la lectura de mis libros favoritos, lo cual ayudaba a distraerme.

Cuando por fin llegaba el momento de salir me sentía libre, porque al fin volvía a tener mi tiempo sin presiones y exigencias. Todo lo que hacía era apresurarme para reunirme con amigos, pareja o simplemente para llegar a casa y “relajarme”. Aunque realmente lo que hacía cuando estaba a solas no era algo que me tranquilizara, ya que pasaba organizando todos los pendientes y lo que quería hacer durante la semana, el año y la vida; (si, léase exagerado).

Una tarde diferente

Esa tarde todo lo que quería era relajarme y evitar el ruido del tráfico, pero todo fue diferente cuando entre cada pensamiento me invadieron sensaciones incómodas. Mi corazón latía rápidamente, sentía dificultad para respirar y mis manos se pusieron muy heladas. Por un momento creí que me estaba empezando una crisis asmática (enfermedad que padezco desde mi infancia) pero no fue así. También, pensé que podría tratarse de lo que en ese entonces yo le llamaba únicamente “estrés”… Por cierto, no era la primera vez que notaba esos síntomas; sin embargo ese día empecé a analizar que algo no andaba bien con mi salud y sobre todo por lo que sucedió minutos después.

¿Qué me estaba pasando?

Empezó a anochecer e iba por una calle no muy transitada, cuando en ese momento tuve una llamada telefónica. Lastimosamente esa llamada terminó mal, debido a que previamente estuve teniendo una serie de pensamientos irracionales sobre mi vida. (Es decir, me pasaba diciendo o exigiendo que “necesitaba”, “debería”, o “tenía qué” hacer ciertas cosas en diferentes aspectos de mi vida y al saber que no podía tener el control de todo lo que pasaría, me entraba el pesimismo). Por lo tanto, eso ocasionó que me desquitara sin querer con la persona menos indicada… A pesar que mi intención era cultivar relaciones saludables, mi actitud antes nuevos problemas no lo permitía, porque no sabía manejar mis emociones.

Después de percibir la reacción de esa persona que terminó en llanto, mi corazón se partió en pedacitos porque entendí que estaba dañando a un ser querido y comprendí que eso no era justo para nadie; no me habían hecho nada malo, simplemente no me pude ubicar en mi presente. Esa llamada duró algunos minutos y cuando se acabó no pude evitar llorar, me sentía simplemente cruel. Tenía miedo al no saber qué hacer o qué pasaría, y empecé a imaginarme posibles escenarios (todos terminaban mal).

Mientras más caminaba y me dejaba envolver por mis emociones tuve una serie de reacciones (aparte de las que ya me habían dado) donde me invadían el terror, angustia y temía desmayarme. Lo que más me asustaba es que también empezaba a tener reacciones físicas: sensación de hormigueo en mi cara y brazo izquierdo. Definitivamente, sentía que perdía el control de mí misma. Todo esto a causa de pensamientos que no estaban pasando en ese instante.

Trataba de controlarme e inconscientemente empecé a respirar profundo, porque el hecho de que me sucedía algo “extraño” y fuera de casa era terrible. Al final, logré tranquilizarme y afortunadamente llegué a mi casa de manera estable.

Al entrar a la habitación mi mente siguió pensando en cómo solucionar todo y tratando de comprender que era lo que me pasaba. Sabía que no era normal, porque algo me estaba afectando incluso físicamente y mi mente me hacía pensar en posibles enfermedades. Llegué incluso a creer que estaba loca porque nadie reacciona así de la nada ante cualquier circunstancia; pero fue a partir de ese hecho cuando acepte que algo estaba mal y más valía hablarlo antes que sucediera algo peor. Pero no lo hice. Y así los siguientes meses se volvieron un calvario total, incluso llegando a parar al hospital (en una ocasión y no ingresada) porque nuevamente llegaban estos síntomas y perdía el control total de mi cuerpo y mente…

Retomando la anécdota, no quería que la noche pasara rápido, porque me esperaba la misma rutina el siguiente día. Seguía sintiéndome fatigada, insistía que algo no estaba bien; algo tenía que cambiar. Si hubiera buscado ayuda a tiempo, habría evitado muchas experiencias que me quebrantaron (no sólo a mí, sino a personas que no me entendían y no sabían qué hacer para ayudarme). Hasta muy tarde comprendí que todo lo que temía jamás sucedió. Pero fue hasta muy tarde, cuando todo se extendió y terminó reflejándose otra situación.

El diagnóstico

Esta anécdota es parte de muchas que viví durante cierto tiempo y a lo mejor puedas identificar alguno de esos síntomas en ti, sobre todo en momentos donde sientes angustia, temor, inseguridad y/o vulnerabilidad; y no necesariamente está pasando algo peligroso a tu alrededor. Es como cuando la mente empieza a ponerse en alerta y crea pensamientos irracionales, siendo uno de los motivos el despegue de tu presente.

Me tomó casi tres años, entender que TODOS tenemos un mecanismo defensivo llamado: ANSIEDAD; es parte de nuestras vidas y es incluso útil ya que nos permite estar alerta o ser cuidadosos y lo hemos experimentado por ejemplo antes de una entrevista, al hacer un examen, etc.

Sin embargo, desconocía que este mecanismo funcionaba en mí de forma alterada y prolongada (ya que con frecuencia tenía preocupaciones y miedos intensos en mis situaciones diarias). Hasta que se convirtió en un trastorno y sufría ataques de pánico, luego de episodios frecuentes de ansiedad intensa (sentimientos repentinos que llegaban al máximo en cuestión de minutos).

Y es justo lo que me sucedió ese día, y no; no era la primera vez que tenía un ataque de pánico, sucedieron muchas veces y en algunas ocasiones todo se volvía más complicado, porque no sólo padecía de un trastorno de ansiedad generalizada, sino también atravesaba un período de depresión del cual yo desconocía hasta meses después.

Un día todo se detuvo para mi y me invadió un vacío. No podía creer que había dejado de ser esa chica con amor a la vida, que era agradecida y le encantaba luchar por sus sueños. No podía ver y valorar a la gente que me quiere y que siempre han estado para mí; cuidándome desde que estaba pequeña, celebrando mis logros… (Familia). Cada día era una lucha interna; llegaron temores absurdos por experiencias desagradables del pasado, por ese presente que no me gustaba e incluso por querer saber que iba a ser de mi futuro. Una mezcla de situaciones que me hicieron ignorar lo bueno y creé pensamientos negativos.

 

¿Cómo confirmé lo que realmente tenía?

Tan sólo una persona me acompaño desde el principio de este proceso (a la cual le agradezco muchísimo su apoyo y paciencia), pero aún así no me atrevía a hablar abiertamente de todo lo que pasaba en mi mente. Sabía que no podía saturarle y eso fue uno de los motivos que me hicieron acudir a un especialista, aunque eso no fue tan sencillo. A pesar de reconocer que necesitaba ayuda, siempre postergaba el buscar un psicólogo y cuando ya lo hice ponía excusas como: “queda muy lejos”, “iré el fin de semana que viene”, “no estoy lista”, etc. Hasta que un día encontré un lugar que me quedaba muy cerca y automáticamente me sentí comprometida a ir; pero aún así dejé pasar los días, mientras decidía que tan necesario era (no me bastaba toda la crisis que atravesaba). Hasta que un día me harté de sentir esas sensaciones de vacío y tristeza, y llamé. Era tanto mi miedo que hasta programar esa cita fue toda una hazaña, pues cuando me contestaron yo la quería dejar para otra fecha, pero había disponibilidad ese mismo día y sentí un impulso por aceptarla. Si jamás hubiera llegado a ese consultorio quién sabe como habría terminado la historia .

Fue así como entendí que no soy la única persona que ha atravesado algo como esto. Es más, ahora mismo son millones de personas en el mundo padeciendo de ansiedad intensa, no sé diga de depresión; si no te has dado cuenta de casos cercanos a ti, es porque la mayoría lo vive en silencio. Y pueda que tú que me lees también estás atravesando esta situación que definitivamente no se le desea a NADIE.

La persona que atraviesa un trastorno emocional batalla cada día con su mente y no quiere decir que este loco, simplemente no se encuentra en equilibrio consigo mismo. Así que considero que el primer paso para superarlo es aceptar que la ansiedad no es una enfermedad, es un trastorno cuando esta activo constantemente y la depresión es un sentimiento de culpa, así que es hora de ir sanando esas malas experiencias del pasado.

¿Por qué he decidido contar mi historia?

Todos tenemos una historia que contar, unas más fuertes que otras. Por lo tanto, contar mi historia me permite expresar la libertad que he estado construyendo a través de mi sanación. Aunque durante mi proceso me decían que era mejor ir contando lo que me sucedía paso a paso, pero no me atreví porque no creía lograr superarlo.

Sé que algunos de los que llegaron a saber sobre mi caso, se pregunten cómo se me ha ocurrido compartir algo tan íntimo de mi vida, a lo que yo les digo; que durante todo mi proceso yo veía una luz de esperanza que me hacía reflexionar que mi vida no se la iba a llevar la depresión y que los síntomas de mi ansiedad no me iban a matar por más que yo sentía eso en cada ataque de pánico.

Cuando ya controlaba mis síntomas y emociones, cuando ya empezaba a sonreír con más frecuencia; prometí demostrarme que iba a superar esta situación, que esta baja sería mi impulso para crear una mejor versión de mí. Recordé que he sido criada en una familia amorosa, unida y que sabe apoyarse. Y que los pensamientos que forjé en mi mente eran inexistentes. Tengo un DIOS que me ama, me ha perdonado y ahora me da la oportunidad de ayudar a otros. Me siento feliz con las personas que me buscan para conversar y que me cuentan sus cosas porque saben que estoy para escucharlas, para ayudarles en lo que puedo y para comprobarles que este no es el fin, que hay una gran vida que nos aguarda a todos. Es tiempo de creer.

Gracias a cada ángel que DIOS puso en mi camino aun siendo una desagradecida con todo, pues ellos me dieron la fuerza para creer que si podía salir de esto. Que no era el fin sino al contrario, que este iba a ser mi testimonio para ayudar a otros que en estos momentos sienten que ya no pueden más.

Y a ti que estas atravesando una prueba en tu vida puede que veas tonto lo que te diré, pero las respuestas a tus problemas están únicamente en ti. El secreto está en que aprendas a perdonarte. Perdona tus malas decisiones, tus fracasos y errores. ¡NADIE ES PERFECTO!, y si sientes que no vale la pena contarle a nadie lo que te sucede, enciérrate en tu habitación y llora todo lo que quieras mientras meditas, oras o reflexionas a solas.

Date una oportunidad de sanar, yo lo hice y me ha resultado maravilloso. Por muchos meses me preparé y me retiré de todo lo que me estaba afectando, opté por buscar la paz que me urgía sentir; elegí trabajar esos proyectos que había abandonado y preparar los que están por venir. Elegí mis libros, la música, mi pasión por la escritura. ¡MI TIEMPO! para compartir con todos los que amo.

Elegí MI AMOR PROPIO. Soy un ser humano y por supuesto que a veces puedo tener miedo. Pero aprendí a soltar, a disfrutar mi presente y a luchar con barreras que se pongan en el camino. Ahora entiendo que todo lo bueno y malo tiene un propósito, de esto se trata el vivir.

Empecé a reconstruirme y aquí estoy, cumpliéndome una promesa.

“Cuenta sin miedo cómo superaste esa etapa por la que pasaste, podría ser la guía que alguien está buscando”

 

©2020, Paola Contreras


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10 respuestas a “MI VERDAD: luchando con ansiedad y depresión

  1. Me encantó tu escrito, me he sentido sumamente identificada. El año pasado justamente comencé a padecer de ataques de pánico, incluso como tú también llegué a parar al hospital, yo pensé que estaba teniendo un infarto. Hace meses no he vuelto a experimentar uno y por eso no he buscado ayuda, según yo, aunque en realidad supongo que es por miedo, pongo mil excusas así como tú lo hacías ¡es increíble lo similar que ha sido nuestra experiencia! Y pues creo que leer esto me está dando el empujón que necesito para, por fin, buscar esa ayuda profesional que necesito. Mil gracias por compartir esto, no sabes como ayuda saber que muchos estamos en esta misma lucha. Un abrazo.

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    1. ¡Increíble! ya veo que si nos ha ido parecido. Me alegra como no te imaginas que mi testimonio esté ayudando porque ese es mi único objetivo, demostrar que si se puede controlar la ansiedad y salir de cualquier crisis. Deseo que si puedas encontrar toda la ayuda que necesites y que salgas adelante. ¡Vamos! Si yo pude tu también Sara, un fuerte abrazo.

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